Furia Épica fue un error geopolítico
Si los resultados militares resultan adversos, aunque la dupla Israel-Estados Unidos obtenga la victoria técnica, Irán logrará efectos desequilibrantes en el interior de EE. UU. La población reprobará la aventura
Por Manuel Gutiérrez
Ciertamente, sea como sea, Irán sufrirá imposiciones en su forma de gobierno y en el control de sus riquezas petroleras. Estados Unidos, que no escuchó las voces de sus expertos militares, planteó mal la operación en Irán, la cual afecta a una región estratégica en el Medio Oriente y a catorce países.
Trump salió con “sus otros datos” y, con la ligereza propia de los autócratas, estima que en cuatro semanas el teatro de operaciones estará resuelto. Para ello, movilizó dos grupos de tarea (task forces) que incluyen los portaaviones Gerald Ford y el Lincoln, los cuales en conjunto suman 180 aviones para operaciones de caza y bombardeo en la zona; además, cuenta con ese “tercer portaaviones” en tierra llamado Israel.
Sin embargo, los resultados no están saliendo como deberían. La necesidad de más fuerzas amplió la demanda de bases que Inglaterra cedió, como era de esperarse, pero no así España. La guerra coloca en un dilema a algunos socios de la OTAN, tanto por la naturaleza de sus gobiernos como porque no es una guerra en la que la seguridad de esos Estados haya sido amenazada.
Claramente, no hay un motivo para la operación que cubra los aspectos de legalidad y moralidad en la intervención. Trump busca el petróleo, ciertamente, pero su jugada pretende lograr la solidaridad de los judíos estadounidenses al alinearse con el proyecto sionista. Este último pretende usar el poder militar estadounidense para eliminar a sus rivales regionales y continuar con su expansión territorial y las campañas de exterminio emprendidas en Gaza, por ejemplo. Es como si el Israel antiguo hubiera logrado manipular y asociarse con la Roma de su tiempo, usando su poder bélico para arreglar el panorama regional a su favor.
Irán no es una república atrasada con rebaños en el desierto y torres de petróleo. Tiene ciudades modernas, una gran densidad poblacional e identidad propia. Sobre todas las cosas, se recomienda no invadir a Irán, porque es una pesadilla de logística y de control territorial.
Estados Unidos eliminó a Sadam Hussein y finalmente desmanteló al partido panárabe Baaz y al liderazgo de Irak; sin embargo, ese país —que primero emprendió una larga guerra contra Irán— terminó cayendo bajo su influjo. Es decir, la “Tormenta del Desierto” y todas las cruzadas rimbombantes de la era de Bush (quien mintió sobre la existencia de armas nucleares en Irak) terminaron siendo mediatizadas por la realidad: la vecindad con Irán, que sacó provecho y respaldo de su anterior enemigo religioso.
Los expertos militares consideran que no es fácil ni recomendable invadir Irán por su extensión, sus cordilleras montañosas y sus amplios desiertos, que convierten las campañas en una pesadilla. Aquí es donde parte el primer error de Furia Épica: subestima totalmente la capacidad de los pueblos árabes (y persas), que en el peor de los escenarios pueden unirse Si bien se puede tener el dominio militar, no se logra el control real, social y funcional de los pueblos. Esto llevaría a una guerra popular-religiosa prolongada, asimétrica pero arraigada y justificada, para dificultar el aprovechamiento del petróleo y las riquezas de Irán.
Los costos son altos, no solo por el desplazamiento de miles de hombres, barcos y aviones que están en la fase aeronaval de la guerra. El “golpe de mano” que destruyó en su totalidad el edificio en que se encontraba el Ayatolá Jamenei no se ha leído con precisión en Occidente. Millones lloraron por el mártir y se preparan para otra prueba más en la milenaria e historia de la región.
Ciertamente hay prosperidad, clases cultas y bienestar en las clases medias y altas de Irán que ven con buenos ojos la idea de una democracia, pero también proponen cambios en las formas de vida. Hay dos formas de abordar a Irán: como un coto medieval teocrático, cerrado, atrasado y reprimido, o como una sociedad islámica compleja con deseos de reformas. En ambos casos, el régimen —ya sea el del pasado Sah de Irán con su policía Savak, o el de Jamenei con su Guardia Revolucionaria— genera represión sobre miles de personas, pero no la suficiente como para alterar las bases del Estado de manera directa e inmediata. La represión parece ser una forma adjunta de la vida en la sociedad iraní; aunque no sea natural, es una costumbre.
Pero no se emprendió “Furia Épica” por eso. Se emprendió porque Trump desea tomar el poder político de esa sociedad, creando un espejismo de retorno a la monarquía con el hijo del Sah, Mohammad Reza Pahlavi, probablemente si les alcanza para una monarquía acotada constitucionalmente. Trump se dejó manipular por el aventurerismo de Netanyahu y por los “halcones” de Israel, por su propio lobby y porque es una manera de asegurarse un apoyo judío-americano que fluctúa frente a sus diversas políticas internas y externas. Sin embargo, ni a Israel le alcanzaría para una dominación directa de Irán.
La idea de Furia Épica fue precipitada y la resistencia de Irán ha sido mejor de lo esperado. Lanzaron ataques sobre el portaaviones Lincoln, que la Marina estadounidense reduce a “daños menores” (versión única y no comprobada). Las bajas de Estados Unidos en la aventura ya implican tres modernos F-15EX que se dice fueron derribados por las defensas antiaéreas; los pilotos habrían quedado a salvo al eyectarse de los aparatos envueltos en llamas.
Los ataques con misiles impactaron tanto en Qatar como en Kuwait y Arabia Saudita, específicamente en depósitos de petróleo. Incluso algunos misiles llegaron a Chipre, pretexto para que Inglaterra se involucre, ya que pretendían dañar (o dañaron) su base. Hezbolá, desde el Líbano, aprovechó para lanzar misiles contra Israel ocasionando daños y muertes civiles, lo que ya provocó represalias con bombardeos israelíes sobre sus posiciones.
Mientras tanto, sin que Furia Épica lo haya previsto —aunque era una consecuencia lógica—, se cerró el Estrecho de Ormuz, bloqueando el 20% de la navegación mundial y los suministros de crudo. Esto causó una elevación del precio por barril; incluso a Pemex le viene bien esa crisis mundial por el aumento de ingresos, si estuviera en condiciones de aprovecharla.
En el resto del mundo, la posibilidad de escasez de combustible es alarmante y no está asegurada por más de quince días. Por ello, Alemania, Francia e Inglaterra, de forma individual, pretenden sumarse a la fuerza de Israel y Estados Unidos ante la posibilidad de ganar parte del botín y derechos en la región. Pero pensar en eso es todavía ingenuo.
Es el objetivo, pero en Occidente no entendemos la mente de los guerreros orientales. La posibilidad de una guerra santa, de resistencias y actos de terrorismo se elevó exponencialmente. Por otra parte, Rusia no está en posibilidad de mover piezas en el tablero sin involucrar su poder nuclear. China se mantiene a la expectativa, dado que Irán era su principal proveedor de petróleo; pero no por ello jugarán a favor de un Irán que dio “campanazos” tecnológicos con sus drones, atormentando a Ucrania y generando un nuevo modo de guerra. Los misiles hipersónicos son más alarde que realidad, porque no son fáciles de construir ni baratos.
Lo cierto es que, para muchas agencias de información regionales, la aventura —que oficialmente habla de 600 muertos hasta el 2 de marzo en Irán— considera que los estadounidenses ya tienen sus primeras 300 bajas no oficiales, que el mando reduce a solo tres. El segundo error de Furia Épica fue no creer en la capacidad de Irán para dañar blancos estratégicos y concentraciones de tropas. Y eso salió mal.
La operación no desmanteló la unidad de Irán; al contrario, los fortaleció pese a sus diferencias bajo la premisa del ataque “sionista-americano”. De nueva cuenta, reinar sobre un cementerio implica costos de bajas altos y, aunque sean pocos, habrá golpes certeros de Irán en naves significativas. Eso daña la pretensión de guerra y el respaldo a unos Estados Unidos que se meten en un conflicto contra un rival que no representa un riesgo real para su territorio.
Si los resultados militares resultan adversos, aunque la dupla Israel-Estados Unidos obtenga la victoria técnica, Irán logrará efectos desequilibrantes en el interior de EE. UU. La población reprobará la aventura, no justificará la intervención y mucho menos respaldará con votos a Trump. Esta es la tercera indicación de error: provocar un conflicto que tiene repercusión en el escenario electoral nacional.
Lo cierto es que Estados Unidos está actuando como un “pirata” en el escenario geopolítico, pero el sustento de las decisiones es convencer al público de que se está “salvando a los iraníes de un régimen teocrático opresor”, mientras se obtienen beneficios por el control del petróleo y se elimina a un enemigo que dista mucho de tener armas nucleares.
Mientras tanto, para complicar el escenario, Pakistán reacciona contra los talibanes en las zonas fronterizas. Afganistán presenta el mismo problema que la URSS y EE. UU. ya conocieron: lo difícil que es invadirlos y dominarlos por tierra. En el caso afgano, prefirieron dejarlos por su cuenta, al margen de la ética de los talibanes en materia de represión. Por ello, actualmente, nadie quiere ir a una guerra de ese tipo.
Esta vez Trump deseó un “pastel de tres pisos” y su voracidad lo hizo pretender arrancarle partes con las manos. Eso desbarató todo el pastel. La ingesta resulta excesiva y provocará dolor de estómago y hartazgo; queda la sensación de que las cosas no resultaron como se esperaba y no saben cómo salir del embrollo.
Creo que el problema involucrará a más países y fuerzas, con bajas para todos en aras de ganancias hipotéticas. Trump no cambia formas de gobierno ni usa una medida de moralidad; simplemente pone a sus títeres, administra el beneficio y deja todo igual o peor (el caso de Venezuela es elocuente). No es el “campeón de la democracia”.
Privarse del escudo moral para una intervención armada hace vulnerable toda aspiración de dominio. No hubo unas Torres Gemelas, ni un Pearl Harbor, ni una provocación prefabricada; esta vez no hubo ni siquiera una escalada iniciada por terceros. Ese es otro fallo de Furia Épica: los estadounidenses que mueran por intereses de millonarios carecen del consuelo de una causa justa.
México, como parte del bloque y vecino obligado al aventurerismo, debe “besar sapos” y cerrar los ojos, como propone el presidente del PRI, Alejandro Moreno, con gran pragmatismo. Por desgracia, el mundo es un lugar injusto y muchos pueblos están en encrucijadas de las que deberán salir solos o ser hábiles para prevalecer con alianzas precisas, como lo hicimos en el siglo XIX. Es doloroso, pero es el mundo de siempre. Los intereses de los poderosos no son semejantes a los de los mortales comunes.
Queda claro que Furia Épica es una regresión a un orden de cosas inmoral, imperial e intervencionista, sin que ninguno de los otros escenarios se haya resuelto: Gaza, Ucrania, Venezuela o Cuba. Lo importante para ellos es provocar la sorpresa mundial y vender la imagen de un dirigente pleno de poder, pero con muy poca visión de realismo estratégico. Esto le puede costar más caro de lo que cree. Irán puede intentar “ganar perdiendo”.
Pase lo que pase, Irán no desaparecerá. Trump jugó mal su partida con Furia Épica. Lo cierto es que es el gran fracaso de las instancias de derecho internacional y de la misma ONU, organismo que Trump ha desplazado. La idea del gobierno mundial y del consorcio de naciones para resolver crisis mediante el diálogo se fue por el caño, como en el siglo XIX.
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