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Administración pública: ¿y los reformadores?

24 Mayo 2026 at 11:51

El servicio público dejó de ser una gran responsabilidad social para convertirse en una lotería de favorecidos por cuestiones de parentesco y relaciones familiares

 

Por Bulmaro Pacheco

En el pasado, México tuvo grandes reformadores de la política y la administración pública. Hoy no se ven por ningún lado.

Reformaron creando instituciones; abrieron el sistema político para darle viabilidad y reconocer la pluralidad de México. Reformaron para evitar y procesar conflictos, así como para asegurar la paz social y combatir las desigualdades sociales a través del desarrollo.

De repente, el sistema político y administrativo enfrentaba sus crisis y sus sacudidas, y ahí estaban ellos para impulsar los cambios. Hoy —Y a pesar de tanta crisis—nada de eso ocurre. El sistema reformó sus instituciones para garantizar e impulsar dos de los compromisos fundamentales del movimiento revolucionario: la educación y la salud. Hoy los retrocesos y los fracasos de proyectos de gobierno están a la vista (Insabi, Megafarmacia, Pemex, obras emblemáticas) con altos costos, pero no hay reformas.

Con el tiempo, se avanzó con la creación del IMSS y la Secretaría de Salud, y se erradicaron enfermedades mortales. En educación, crearon la SEP y una diversidad de sistemas educativos —como la UNAM y el Politécnico— para combatir el analfabetismo y ampliar la cobertura educativa en todos los niveles, apoyando con ello los programas de desarrollo económico.

Antonio Ortiz Mena, Jaime Torres Bodet, Jesús Reyes Heroles, Fernando Solana, Ignacio Pichardo, Guillermo Soberón, Gustavo Baz y Jesús Kumate, entre otros, formaron parte de esa generación de mexicanos que apoyaron con su talento y capacidades el avance de México y las grandes reformas que impulsaron los principales cambios del país durante la mayor parte del siglo XX. Hoy no se ven personajes de ese nivel de formación y capacidades. ¿Por qué?

Ahora, las administraciones públicas en México —federal, estatal y municipal— están en crisis y no se ve para cuándo una solución.

No tienen dinero; el poco que poseen no siempre se gasta bien y cada vez se les dificulta más cumplir con sus objetivos y funciones.

Están plagadas de problemas, vicios y excesos derivados de los cambios ocurridos en México en los últimos años.

No hay servicio civil de carrera y, en las pocas instituciones donde se había desarrollado, terminó por caer en los vicios generados por las alternancias de partidos y grupos políticos de poder.

Las administraciones públicas enfrentan graves problemas que, en lugar de resolverse, se han agravado. Mencionaré algunos:

La corrupción. Por más proclamas que existan con relación al combate a la corrupción en todos los niveles, esta sigue creciendo y ampliándose a otras esferas donde antes parecía imposible que llegara. Se pensó que, con la militarización de instancias importantes de la administración —como las aduanas, los puertos y los aeropuertos—, la corrupción disminuiría, pero no fue así. En muchos casos se incrementó debido a los excesos y deformaciones en el manejo de las instituciones. Falló la experiencia y el fogueo para desempeñar cargos en la administración; se cambió por el cuatismo, la visión partidista y las cuotas para los allegados.

Los aparatos de regulación de las administraciones públicas sobre la actividad económica se han ido debilitando y cada vez se respetan menos. Sobran ejemplos de casos donde aparecen el dinero y los pagos realizados para eludir trámites mediante la corrupción de funcionarios públicos para evitar los tiempos de espera.

El contratismo de amigos y familiares incrustados en los aparatos de poder también ha quedado en evidencia, sobre todo en la licitación de obras públicas y servicios.

El nepotismo. Las alternancias en el poder convencieron a muchos de los que llegaron al control de las administraciones públicas de que incrustar familiares en las nóminas públicas era algo normal y merecido. El servicio público dejó de ser una gran responsabilidad social para convertirse en una lotería de favorecidos por cuestiones de parentesco y relaciones familiares.

Se ha ampliado en los gobiernos la presencia de amigos y familiares sin las capacidades suficientes para desempeñar los cargos. En el sexenio de López Obrador se llegó al extremo de afirmar que, para desempeñar un cargo público, se requería “90% de lealtad partidista y 10% de capacidad para el cargo” (sic).

Esa nefasta concepción del poder público surgió del desprecio y los resentimientos con los que llegaron los nuevos gobiernos a partir de la elección de 2018. Sin querer saber nada del pasado —al que todavía condenan cuando algo les sale mal—, también condenaron a la administración pública que, a lo largo de la historia, ya había consolidado estructuras y servidores públicos profesionales encargados de tareas administrativas cada vez más complejas, sobre todo en áreas sensibles del poder público como el servicio exterior, la estructura fiscal y la organización educativa.

La improvisación. Estamos viendo, en primer lugar, premios administrativos otorgados por pertenecer a determinado partido político, por haber financiado campañas electorales, por ser pariente de quienes mandan o por relaciones personales derivadas de haber trabajado en equipo en cargos anteriores. Así, se otorgan oportunidades en el servicio público olvidándose de los perfiles adecuados para los cargos.

Con ello se han fortalecido la improvisación y la ineficiencia. Todo esto ha provocado que las cosas no funcionen, que se retrasen, que los proyectos no avancen o que las obras y los servicios fallen por la mala calidad en la supervisión de los responsables. ¡Qué casos! ¿Que antes era igual? Es su disculpa, pero es una tesis falsa. Con el tiempo en México llegó a legislarse contra el nepotismo y la improvisación así como para avanzar en la transparencia, pero esas medidas hoy son letra muerta, ante quienes se sienten “en el lado correcto de la historia” que nunca ha existido.

El gobierno actual cree que gastando lo que no tiene resolverá muchos problemas, pero no es así. Se niega a reconocer lastres como PEMEX y la Comisión Federal de Electricidad, que llevan años funcionando con amplios déficits financieros y dificultan el correcto manejo de las finanzas públicas. También se niega a reconocer los altos costos —vía excesos y subsidios— de las obras emblemáticas realizadas en el sexenio pasado, que hoy son un lastre para el nuevo gobierno, el cual no haya cómo salir de esos compromisos.

No se ve por ninguna parte a reformadores de la política y la administración pública que hablen con la verdad.

Tampoco se observan ideas originales y eficaces que influyan en la compleja realidad de México para tratar de resolver problemas que, por ahora, parecen insolubles: los tiempos de espera en hospitales, la sobresaturación de instituciones, la mala calidad de la educación pública, el déficit de las finanzas públicas y la pobreza de las administraciones municipales. Tampoco hay propuestas para combatir la pobreza urbana, la inseguridad pública en las calles y la penetración cada vez más obvia del crimen organizado en las instituciones de gobierno.

En las administraciones públicas, el interés de partido superó la racionalidad en la toma de decisiones, y las reformas realizadas hasta ahora solo han servido para fortalecer un modelo de gobierno cerrado y concentrador del poder. Y lo peor, sin rumbo seguro.

Los reformadores hoy brillan por su ausencia, así como los mexicanos de excepción que en otras épocas se la jugaron por México y no por un partido político. Por eso tienen su lugar en la historia y no han sido superados.

Nada más, nada menos.

bulmarop@gmail.com

El cementerio de los datos

24 Mayo 2026 at 11:27

Editorial 

Ante el claro fracaso económico del gobierno de la 4T han optado ahora por enterrar, ocultar y maquillar las cifras del presupuesto y programas económicos. Hábilmente muchas de sus principales obras se las han encargado a la Secretaría de la Defensa Nacional o la Marina, porque de esa manera puede ocultar cifras y resultados aduciendo que es por “seguridad nacional”. Tal es el caso del Tren Maya ha enfrentado sobrecostos extremos, además de los enormes daños ecológicos. Originalmente presupuestado entre 120,000 y 150,000 millones de pesos, la inversión total real ha superado el medio billón, alcanzando cifras de hasta 594,000 millones de pesos. Esto representa un aumento de casi cuatro veces el monto inicial proyectado por el Gobierno federal. Pero no es posible pedir información de este exceso presupuestal por lo mismo de siempre, medidas de seguridad nacional. Además, no hay un solo responsable, porque hasta el presidente en turno puede alegar que no estaba informada. Por eso se le ha llamado el cementerio de los datos y las cifras. 

Otro caso de fracaso económico ha sido la construcción de la refinería Olmeca en Dos Bocas, Tabasco, que al final alcanzó un costo total de $20,959 millones de dólares. No pesos, de dólares. Esta cifra representa un sobrecosto del 162% respecto al presupuesto inicial de $8,000 millones de dólares prometido originalmente, convirtiéndola en uno de los proyectos de refinación más costosos del mundo. Y lo más incongruente es que sigue sin aportar nada importante en la producción de combustible. Por el contrario, se siguen encontrando errores y fallas en su construcción. Otro caso que se va al cementerio de los datos. 

Otro caso que está en el cementerio de los datos es el fraude de Segalmex (Seguridad Alimentaria Mexicana) es considerado el mayor escándalo de corrupción del sexenio pasado en México, con un desfalco al erario estimado por encima de los $15,000 millones de pesos. El organismo, creado en 2019 con el fin de garantizar alimentos baratos para las poblaciones vulnerables, operó una red de desvíos mediante empresas fantasma, contratos simulados y operaciones bursátiles ilícitas. En cuanto su director Ignacio Ovalle, que debió haber sido investigado y castigado, por el contrario, fue premiado por el expresidente Andrés Manuel López Obrador con un cargo en la Secretaría de Gobernación. Lo números reales fueron enterrados en un ataúd oficial. 

El gobierno de la 4T ha estado agotando su capital de credibilidad, porque cada vez es más difícil de ocultar sus fracasos económicos. Porque se ha descubierto que no solo son fracasos por ineficientes, sino porque han ocultado la información. O en algunos casos han maquillado las cifras para ocultar las fallas. Tienen a su favor que la Cámara de Diputados y Senadores no operan como debiera ser, un órgano verificador del presupuesto, sino lo hacen como cómplices de fraudes y despilfarros. 

Lo último que ha surgido son la cifras que maneja Pemex, hoy por hoy, la petrolera más endeudas y fracasada del mundo. De acuerdo con una investigación del periódico Reforma, “Uno de los casos más notorios ocurrió en 2023. Ese año, Pemex informó a la Bolsa Mexicana de Valores (BMV) que había obtenido una utilidad neta de 110 mil millones de pesos. Sin embargo, el reporte auditado redujo esa cifra a apenas 8 mil 151 millones de pesos. Petróleos Mexicanos (Pemex) reconoció que durante varios años presentó una situación financiera distinta a la que finalmente reflejaron sus auditorías externas, luego de detectar debilidades en sus controles internos y en registros contables realizados manualmente. La información fue expuesta en reportes financieros de la propia empresa y revisada por Grupo Reforma, que comparó documentos no dictaminados con estados financieros auditados”.

¿Y qué ha pasado? Absolutamente nada. Por el contrario, en las mañaneras quieren exaltar el desempeño de Pemex con la narrativa que ahora es propiedad “del pueblo”, no como antes que le daban tajada a la iniciativa privada. Con esto pretenden desviar la atención y justificar los resultados de la paraestatal que cada año se endeuda más. Sin embargo, no hay una sola comisión del Congreso que realice una verdadera investigación a fondo.

De acuerdo con la investigación del Reforma sobre los resultados financieros tan distintos se debe a que “Las diferencias ocurrieron en distintos periodos entre las administraciones de Octavio Romero Oropeza, durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, y la actual gestión de Víctor Rodríguez Padilla. En varios casos, Pemex reportó pérdidas menores a las reales; en otros, informó utilidades mucho mayores a las que finalmente validaron las auditorías. En 2024, Pemex reportó inicialmente pérdidas por 620 mil 600 millones de pesos. Posteriormente, la auditoría elevó el monto a 780 mil 600 millones de pesos, es decir, 160 mil millones adicionales.

En 2025 volvió a repetirse el problema. La empresa informó primero pérdidas por 45 mil millones de pesos, pero después el reporte auditado las ubicó en 81.7 mil millones”.

El problema con el gobierno federal es que los datos de Pemex por estar en Bolsa de Valores no se pueden ocultar. Eso sí, se pueden disfrazar y maquillar, para tratar de engañar. Y estos son solo unos cuantos ejemplos del gran fracaso económico y hace que se vea un verdadero escenario catastrófico si no se pone orden. Porque no siempre funcionará enviar los datos al cementerio.

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