Vista de Lectura

La indiferencia del Culichi es un espejo de la salud moral de nuestra sociedad

En las calles de Culiacán, la presencia de animales en situación de abandono, maltrato o indiferencia suele asimilarse como parte nuestra cotidianidad.

Sin embargo, desde la perspectiva de las ciencias de la conducta, la neurobiología (el estudio del sistema nervioso y el cerebro) y la criminología (la ciencia que investiga los delitos y la conducta criminal), la manera en que una comunidad trata a sus seres más vulnerables no representa un hecho aislado ni un problema menor de civismo, sino un indicador directo del estado de nuestra salud social.

La apatía generalizada hacia el sufrimiento animal (entre muchas otras cosas que deberían de conmocionarnos) actúa como un síntoma de decadencia moral, entendida como un proceso en el que la insensibilidad ante el dolor ajeno se normaliza y termina permeando todas las relaciones humanas.

Esta insensibilidad se vuelve parte de la propia arquitectura de nuestro cerebro. La empatía reposa sobre circuitos neurales profundamente evolucionados, integrados por el sistema de neuronas espejo (células cerebrales que nos permiten sentir lo que otros experimentan), la corteza insular anterior (región del cerebro encargada de procesar las emociones) y la corteza cingulada anterior (zona cerebral involucrada en la compasión y la toma de decisiones).

Estas estructuras se activan al presenciar el dolor de otro ser vivo para procesar la experiencia ajena en términos afectivos.

Cuando una comunidad expone de manera constante a sus integrantes al maltrato animal sin que exista una respuesta de auxilio o rechazo colectivo, la mente humana activa mecanismos de defensa para reducir el malestar.

Surge así la desconexión moral (el proceso psicológico de justificar o ignorar actos crueles sin sentir culpa), mediante el cual las personas desensibilizan sus respuestas emocionales o invisibilizan a la víctima.

En la población adulta, esta habituación al sufrimiento reduce gradualmente la capacidad de conmoción ante cualquier forma de violencia, debilitando la disposición hacia las conductas prosociales (acciones orientadas a ayudar y beneficiar a los demás) y facilitando el deterioro de la convivencia.

La criminología ha documentado ampliamente esta dinámica a través de la llamada hipótesis del vínculo (la idea de que el maltrato animal está directamente conectado con la violencia hacia las personas), la cual demuestra que la crueldad hacia los animales y la agresión humana comparten raíces psicológicas comunes.

El impacto de este fenómeno resulta considerablemente más grave durante el desarrollo socioemocional en la infancia. En las primeras etapas de la vida, el cerebro infantil se caracteriza por una elevada neuroplasticidad (la capacidad del cerebro para cambiar, aprender y adaptarse con las experiencias) y por la búsqueda activa de modelos de conducta.

El contacto positivo con los animales funciona como un catalizador clave para la adquisición de la teoría de la mente (la capacidad de comprender que los demás tienen sus propios pensamientos y sentimientos), la regulación de la agresividad y el cultivo de la compasión.

Cuando las niñas y niños crecen presenciando el maltrato o el abandono sistemático de animales como prácticas toleradas, el mensaje implícito que interiorizan es que el más fuerte tiene derecho a dañar al indefenso.

Esta exposición repetida altera la formación de apegos seguros y favorece la adopción de conductas violentas o apáticas, modificando el desarrollo de las redes cerebrales asociadas al cuidado y aumentando el riesgo de reproducir comportamientos antisociales en la etapa adulta.

A pesar de este panorama, la misma capacidad de adaptación cerebral ofrece la clave para revertir el deterioro moral, pues la empatía no es un rasgo fijo, sino una habilidad que puede entrenarse y fortalecerse. En el contexto de Culiacán, transformar esta realidad exige una estrategia integral sustentada en la acción comunitaria e institucional. Por un lado, la incorporación de la educación humanitaria en las escuelas permite enseñar de forma explícita la sintiencia animal (la capacidad de los animales para sentir dolor, placer y emociones), lo que fortalece los circuitos empáticos desde la infancia.

Por otro lado, la implementación de políticas públicas firmes, como campañas gratuitas de esterilización, atención veterinaria y la sanción efectiva del maltrato, envía la señal clara de que el entorno protege a los vulnerables.

Asimismo, la colaboración ciudadana con refugios y organizaciones civiles fomenta el involucramiento activo en el rescate y cuidado colectivo, estimulando la solidaridad y la responsabilidad compartida.

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