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IA EN VENTAS: EL ALGORITMO NO SUSTITUYE AL HUMANO, LO POTENCIA

3 Junio 2026 at 20:56

Autor. Mike  Abascal

El panorama de los negocios globales atraviesa una metamorfosis sin precedentes. A lo largo de la historia corporativa, las organizaciones han sobrevivido adaptándose a revoluciones industriales, cambios macroeconómicos y transiciones demográficas. Sin embargo, la velocidad con la que la Inteligencia Artificial (IA) se ha consolidado en las estructuras operativas nos obliga a replantear no solo las herramientas que utilizamos, sino la esencia misma de la estrategia comercial. En el centro de este debate se encuentra un temor generalizado, pero profundamente infundado: la sustitución del factor humano por algoritmos predictivos. La realidad es mucho más sofisticada y prometedora. La IA no llega para reemplazar al ejecutivo de ventas de alto nivel; llega para liberarlo de la carga transaccional y potenciar sus capacidades analíticas y relacionales a niveles nunca antes vistos.

Para comprender la magnitud de esta evolución, la alta dirección debe despojarse de la visión simplista que percibe a la tecnología como un mero sustituto de mano de obra. Un algoritmo puede procesar millones de datos en milisegundos, identificar patrones de consumo imperceptibles para el ojo humano y predecir con asombrosa precisión el momento exacto en que un prospecto está listo para recibir una oferta. No obstante, un modelo de lenguaje o un software de automatización carece por completo de algo fundamental en los negocios de alta complejidad: la empatía, la intuición y la capacidad de construir relaciones de confianza a largo plazo. Las transacciones comerciales más valiosas del mercado, aquellas que definen la rentabilidad y el crecimiento exponencial de las empresas, no se cierran mediante una fría secuencia de códigos; se consolidan a través del entendimiento profundo de las necesidades, los miedos y las aspiraciones de otro ser humano.

La verdadera ingeniería comercial contemporánea radica en el diseño de un ecosistema híbrido. En este modelo, la Inteligencia Artificial asume las tareas mecánicas y repetitivas que históricamente han mermado la productividad de los equipos de ventas. Hablamos de la prospección en frío, la calificación inicial de leads, el llenado de plataformas CRM y el análisis predictivo de mercados. Al delegar estas funciones a sistemas automatizados, el líder comercial transforma el tiempo de su fuerza de ventas. Los ejecutivos ya no desgastan su jornada laboral buscando datos o redactando correos genéricos; concentran toda su energía y talento en la fase más crítica del proceso: la interacción humana de alto valor, el diseño de soluciones a la medida, la negociación estratégica y el cierre de contratos complejos.

Este cambio de paradigma exige una profunda reconfiguración en el liderazgo y el manejo de equipos de alto rendimiento. El rol del director comercial ya no puede limitarse a la supervisión del cumplimiento de cuotas numéricas a través de métodos tradicionales. Hoy, liderar implica capacitar a los equipos en el uso estratégico de estas nuevas tecnologías, asegurando que el software funcione para el vendedor y no al revés. Un equipo comercial que sabe interrogar a una IA para obtener radiografías necesarias de sus clientes corporativos, o que utiliza análisis predictivos para anticipar las objeciones de una junta directiva, es un equipo que multiplica su efectividad de manera exponencial. La tecnología se convierte entonces en un exoesqueleto cognitivo que amplifica el talento innato del negociador.

Asimismo, la adopción de estas herramientas tecnológicas debe caminar de la mano con una visión integral de gobernanza corporativa, ética y cumplimiento de estándares internacionales. En un entorno donde los datos se han convertido en el activo más preciado de las organizaciones, la privacidad y el uso responsable de la información no son negociables. Las empresas que aspiran a una sólida consolidación en los mercados internacionales deben entender que la implementación de IA requiere protocolos estrictos de seguridad y transparencia. Un cliente corporativo no solo busca al proveedor más eficiente o tecnológico; busca un aliado estratégico que garantice la integridad de sus datos y que opere bajo los más altos marcos de cumplimiento legal. La estrategia comercial del futuro es, por definición, una estrategia ética.

El impacto de este enfoque se traduce directamente en el valor real y la rentabilidad de las organizaciones. Cuando una empresa logra sincronizar la precisión algorítmica con la sensibilidad humana, los ciclos de venta se reducen de forma drástica, el costo de adquisición de clientes disminuye notablemente y la retención de cuentas clave se fortalece. Esto no es una mera hipótesis teórica; es una realidad que define el éxito de las corporaciones que lideran la vanguardia en la actualidad. Aquellas organizaciones que se resistan a evolucionar o que, por el contrario, pretenden deshumanizar sus procesos comerciales automatizándolo todo de manera fría, están condenadas a perder competitividad frente a competidores más ágiles y con mayor visión estratégica.

En conclusión, el advenimiento de la Inteligencia Artificial en el ecosistema de los negocios no representa el fin del vendedor, sino el nacimiento de la estrategia comercial incrementado. La tecnología define el ritmo y la eficiencia de la operación, pero el factor humano sigue siendo el corazón que bombea el éxito y la permanencia de cualquier organización.

El reto para los directores generales, gerentes y empresarios actuales no consiste en adivinar qué puestos de trabajo desaparecerán, sino en determinar con qué velocidad y audacia transformarán sus modelos de negocio para aprovechar esta ventaja competitiva. La estrategia está en constante evolución y aquellos líderes que logren amalgamar la potencia del algoritmo con la inigualable magia de la conexión humana, serán quienes dicten las reglas del mercado global en los años por venir.

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EL DETECTOR DE TRAMPOSOS

2 Junio 2026 at 17:25

Vas a comer con amigos a un restaurante. Llega la cuenta, alguien del grupo  (el mismo de siempre)  propone dividirla en partes iguales. Tú pediste una ensalada y un agua. Él pidió dos cervezas, un filete y el postre más caro del menú. Y de nuevo, ahí está pidiendo dividir en partes iguales. Esa alarme que viene en forma de malestar tiene un nombre científico: es el módulo de detección de tramposos, y es probablemente uno de los mecanismos cognitivos más eficaces que existen en el cerebro humano.

Durante cientos de miles de años, los humanos sobrevivimos cooperando. Cazábamos juntos, cuidábamos el fuego juntos, criábamos a los hijos entre todos. Ese sistema funciona de maravilla, siempre y cuando nadie lo aproveche. El que recibe los beneficios del grupo sin poner de su parte —lo que en biología se llama un parásito social— es una amenaza para todos. Los grupos que no detectaban a ese tipo de personas desaparecían. Los que sí los detectaban, sobrevivían. Por eso lo heredamos.

Y no somos los únicos. El primatólogo Frans de Waal lleva décadas estudiando chimpancés y documentó que ellos también llevan una especie de libreta mental de quién cooperó y quién no. Hay incluso peces, como los peces limpiadores del arrecife, que modifican su comportamiento cuando saben que otros los están observando. El ojo social no es exclusivo de los humanos.

En los años noventa, dos investigadores diseñaron un experimento para entender exactamente cómo funciona esto en el cerebro. Le dieron a sus sujetos cuatro tarjetas. Cada tarjeta tenía un número de un lado y una letra del otro. La regla era simple: si una tarjeta tiene una vocal, del otro lado debe tener un número par. ¿Cuáles voltean para verificar? La mayoría de la gente se equivoca. La lógica pura, al cerebro humano, no se le da especialmente bien.

Entonces los investigadores cambiaron la presentación, pero respetaron exactamente el mismo principio lógico. Ahora las tarjetas decían: “bebiendo cerveza”, “bebiendo refresco”, “25 años”, “16 años”. Y la regla era: si alguien está bebiendo alcohol, debe ser mayor de edad. ¿Cuáles voltean para atrapar al que hace trampa? Casi todos lo resuelven de inmediato.

El número de respuestas correctas casi se triplicó. No porque el problema fuera más fácil —era idéntico— sino porque activaba un circuito diferente. Uno que no razona en abstracto, sino que busca, específicamente, quién está recibiendo un beneficio sin cumplir la regla. Quién está haciendo trampa.

Otro experimento muy revelador es el Juego del Ultimátum. A dos personas desconocidas entre sí les dan cien pesos. Una decide cómo repartirlos. La otra solo puede hacer una cosa: aceptar o rechazar. Si rechaza, los dos se quedan sin nada. No hay negociación. No hay segunda oportunidad.

Lo que la economía clásica predice es obvio: cualquier cantidad mayor que cero debería aceptarse, ganar algo siempre es mejor que quedarse sin nada. Pero eso no es lo que pasaba. Cuando la oferta se siente injusta, por ejemplo, te doy diez y me quedo con noventa, la otra persona la rechazaba. Prefería irse con cero antes de permitir que el aprovechado saliera ganando.

Pero hay una variante que lo lleva todavía más lejos. Otros investigadores daban una cantidad por igual a varios sujetos, por ejemplo, 100 pesos. Se les dijo que podían elegir cuánto dinero poner en un fondo común. Lo que se reuniera entre todos, se triplicará y se repartiría en partes iguales, independiente de lo que cada uno haya dado. La mayoría puso los 100 pesos, pero hubo algunos que se quisieron aprovechar y no pusieron nada o pusieron menos. Los investigadores agregaron al experimento una opción extra: cualquier participante podía gastar parte de su propio dinero para castigar a quien no cooperó igual, pero recibió la misma cantidad que todos. Por ejemplo, tenías que dar 20 pesos para que al tramposo se le quitara 30 pesos. Y la gente lo hacía. Pagaba de su bolsillo, sin obtener nada a cambio, solo para que la injusticia no quedara sin castigo. Los investigadores lo llaman el castigador altruista.

Volvamos al restaurante. Quizás la diferencia en la cuenta son cien pesos. Quizás menos. Racionalmente, no vale la pena ni mencionarlo. Pero nuestro instinto, el detector de tramposos piensa distinto, ya que está ejecutando un programa que lleva miles de años funcionando. Lo más curioso es que junto a ese detector opera otro mecanismo igualmente humano que es el que nos hace sonreír, y pagar sin decir nada, para evitar conflictos.

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¡Las berries más caras del mundo son jaliscienses!

2 Junio 2026 at 17:20

Envenenamiento de la población, degradación del suelo, explotación laboral y destrucción del patrimonio cultural: ¡esta fue la receta para crear los frutos rojos perfectos!

En el tianguis, en las calles, los semáforos, casi en cualquier parte de Jalisco puedes encontrar vendedores que te ofrecen cajitas de fresas, moras, zarzamoras y frambuesas a un precio muy bajo (a comparación del resto de la república) o bueno, eso crees tú, pero el precio es mucho más caro de lo que te imaginas, te voy a explicar por qué.

Esta historia comienza en la ribera del lago de Chapala, donde se exportan las berries y se conservan los problemas. La enfermedad comienza a ser evidente en el mismo paisaje, los cerros que acunan al gran cuerpo de agua tienen plaga; cúmulos de manchas blancas van tomando forma conforme te acercas a ellas, son hectáreas de invernaderos para la producción de frutos rojos, que si bien no son malos por sí mismos, su producción en masa hace que las plantas extraigan nutrientes de la tierra (como hierro, fósforo, potasio y nitrógeno) a un ritmo que el suelo no puede sostener, este requiere de materia orgánica y diversidad biológica para crear nutrientes, pero el monocultivo acaba con todos los microorganismos que hacen fértil a la tierra.

Esta lógica extractivista de la agroindustria no solo cansa al suelo hasta dejarlo estéril, sino que lo despoja de su memoria viva. Cuando un suelo se degrada a tal magnitud bajo el plástico de un invernadero, la tierra no se recupera con un simple descanso; queda convertida en un desierto químico, un sustrato inerte donde la vida ya no puede echar raíces. El suelo de la ribera no es un simple soporte para hileras de plástico, es el hogar de un ecosistema complejo que hoy agoniza. Las especies nativas, los pequeños insectos polinizadores, los reptiles y los mamíferos que bajan de los cerros buscando refugio, se topan de frente con un laberinto plástico que fragmenta su hábitat, los ciclos biológicos locales se han roto para cumplir con las exigencias estéticas de los mercados extranjeros, recordándonos que cada mora gigante que compramos lleva implícito el costo de un ecosistema silenciado.

Pero el suelo es solo la mitad del territorio herido; el agua es el verdadero motor de esta tragedia, las berries operan bajo una paradoja brutal, son frutos sedientos cultivados a las orillas del lago más grande de México, pero su voracidad está secando las venas de la región. Para mantener la producción que demanda la exportación, los pozos profundos se multiplican sin control, succionando el agua de los acuíferos subterráneos a una velocidad alarmante. Nos estamos quedando sin agua, el líquido que debiera garantizar la vida de las comunidades locales y la salud del propio vaso lacustre es desviado hacia los sistemas de riego de las corporaciones. Mientras los campos de cultivo lucen verdes y perfectos bajo sus domos blancos, los grifos de los hogares chapalenses comienzan a suministrar aire, obligando a la gente a racionalizar un recurso que las empresas despilfarran con total impunidad jurídica.

La crisis hídrica no termina cuando las plantas absorben lo que necesitan; el problema empeora cuando el agua regresa a la tierra y vuelve al lago un caldo de cultivo tóxico, saturado de pesticidas, fungicidas y fertilizantes sintéticos indispensables para que el monocultivo no pierda la pelea contra las plagas. La escorrentía agrícola contamina los mantos freáticos y se abre paso hacia el lago de Chapala, alterando drásticamente la química del agua.

Esta violencia ambiental tiene un epicentro de resistencia y dolor muy claro: la comunidad de Mezcala de la Asunción. Mezcala sufre de manera desproporcionada los embates de este modelo agroindustrial, pues se trata de un territorio histórico cuya relación con la tierra y el lago constituye la base de su identidad cultural y de su supervivencia. El avance de las empresas de berries no solo ha significado la apropiación de recursos naturales estratégicos, sino también el deterioro de las condiciones de vida de quienes han habitado estas riberas durante generaciones. Debido a la falta de alternativas viables, la población continúa dependiendo del lago para actividades cotidianas, consumiendo pescado proveniente de sus aguas y utilizando este recurso hídrico para satisfacer necesidades básicas. Las consecuencias han sido devastadoras: los problemas renales se han convertido en una realidad cotidiana que afecta a una proporción alarmante de la población, incluyendo niños, jóvenes y adultos mayores, son pocas las familias que no tienen algún integrante que padezca o haya padecido complicaciones relacionadas con los riñones, convirtiendo esta crisis sanitaria en una de las expresiones más dolorosas del deterioro ambiental de la cuenca. La enfermedad ha dejado de ser un caso aislado para transformarse en una experiencia colectiva que marca la vida diaria de la comunidad.

El paisaje social se descompone al mismo ritmo que el paisaje natural. La llegada de este bum agrícola trajo consigo promesas de progreso y empleo que rápidamente se revelaron como un espejismo de explotación. Las condiciones de trabajo en los invernaderos son horribles, te las resumo en dos frases: “jornadas extenuantes” y “hacinamiento de trabajadores” (hasta 15 jornaleros en una casa de 2 a 3 habitaciones), a esto se suma el fenómeno del desplazamiento social ya que al encarecerse la tierra y el lago, los habitantes originarios que antes se dedicaban a la agricultura y la pesca ahora se ven empujados a abandonar sus hogares, desplazados por una marea de mano de obra flotante que llega en condiciones de extrema vulnerabilidad, generando tensiones y transformando pueblos tranquilos en zonas de paso marcadas por la precariedad.

Esta mutación del entorno ha cobrado una víctima invisible pero devastadora: el conocimiento tradicional. En el territorio chapalense se están perdiendo las prácticas de agricultura ancestrales; aquella milpa diversa, el cultivo de temporal que respetaba los ciclos de la lluvia y dejaba descansar la tierra, ha sido erradicado por el imperativo de la productividad inmediata. Los campesinos locales, poseedores de un saber milenario sobre cómo dialogar con el suelo de la ribera, se han visto obligados a convertirse en peones de su propia tierra o a abandonar el campo por completo y al perderse estas prácticas, no solo se pierde soberanía alimentaria, sino también un patrimonio cultural inmaterial que vinculaba la identidad de la población con los ciclos de la naturaleza.

El argumento definitivo de quienes defienden este modelo siempre es el impacto económico, la supuesta derrama financiera que justifica el sacrificio del entorno, sin embargo, al analizar con frialdad las finanzas de la región, la realidad es otra. El beneficio es una ilusión macroeconómica, si bien se generan millones de dólares en exportaciones, las ganancias reales no se quedan en el pueblo. El dinero vuela directo a las cuentas bancarias de las corporaciones transnacionales y de los grandes intermediarios que operan desde oficinas climatizadas en Guadalajara o el extranjero, mientras que a las comunidades de la ribera solo les quedan las migajas.

Al final de la jornada, la cuenta no cuadra. Consumir y producir berries a costa del medio ambiente y de la dignidad humana es un negocio de pérdida absoluta para Jalisco, el costo real de esa cajita de fresas que compramos en el semáforo se paga con la salud de los niños de Mezcala, con el agotamiento de los acuíferos de Chapala y con la muerte lenta de un suelo que tardará siglos en regenerarse. La agroindustria nos está vendiendo un lujo efímero a cambio de nuestra viabilidad a futuro, dejándonos claro que, en este mercado de frutos perfectos, la ribera del lago está entregando la vida a precio de remate.

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Comités de Ética: simulación e impunidad en la educación superior

1 Junio 2026 at 20:12

Los Comités de Ética en instituciones de educación superior fueron concebidos como mecanismos destinados a promover la integridad pública, prevenir conductas contrarias a la legalidad y fortalecer la protección de derechos de trabajadores y estudiantes. Sin embargo, la experiencia reiterada en el país, muestra que estos órganos se convirtieron en mecanismos administrativos subordinados a estructuras de poder institucional, con nula autonomía y sin acceso a las garantías de imparcialidad.

Esto sucede, porque los comités de ética institucionales se integran por personal directivo o funcionarios estrechamente vinculados a las autoridades institucionales, lo que genera conflictos de interés incompatibles con los principios de independencia, objetividad y debida diligencia. En tales circunstancias, quienes conocen de las denuncias mantienen relaciones jerárquicas, laborales o políticas con las personas denunciadas, produciéndose una situación en la que la institución actúa simultáneamente como investigadora, juzgadora y parte interesada.

Diversos casos documentados en universidades públicas evidencian esta problemática: La experiencia de la Universidad del Istmo (UNISTMO), campus Ixtepec, Oaxaca, resulta ilustrativa, ya que diversas denuncias públicas y penales señalaron los mecanismos institucionales de protección hacia funcionarios acusados de ejercer violencia y violaciones a derechos humanos, incluyendo al ex rector Modesto Seara Vázquez y al ex vicerrector Israel Flores Sandoval, imputado éste último por amenaza de feminicidio contra una profesora, pero él es quien continúa desempeñando funciones académicas frente a grupo aún cuando existe una recomendación de la Defensoría de Derechos Humanos de los Pueblos de Oaxaca que insta a la UNISTMO a la reparación del daño para las víctimas y sanción para este funcionario entre los señalados en la recomendación 04/2021/DDHPO, pero las autoridades instituciones y estatales, prefieren el encubrimiento de los imputados.

De manera similar, la académica Roxana Rodríguez Ortiz denunció públicamente y ante fiscalías la existencia de prácticas de violencia institucional, revictimización y ausencia de garantías dentro de procedimientos universitarios en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), donde la máxima autoridad, la ex rectora Tania Rodríguez Mora fue pieza clave en el encubrimiento de sus agresores. Su caso evidenció también cómo los órganos internos universitarios pueden ser utilizados para desgastar, desacreditar y aislar a quienes denuncian la violencia y el abuso de poder.

Por su parte, en el Tecnológico Nacional de México (TecNM), diversos planteles comenzaron a informar que los subcomités de ética quedarían subordinados directamente al Comité nacional del TecNM, centralizando la recepción y atención de denuncias, y lo que parecería ser una medida adecuada para evitar la parcialidad, se vuelve todavía más escabroso, ya que los medios de comunicación entre directivos de planteles y los integrantes del Comité de Ética nacional del TecNM es directa y recíproca, mientras que para el resto de personal de los planteles resulta un mecanismo desgastante, atemorizante e incierto emitir una queja o

simplemente manifestar la intención de hacerlo, ya que esto representa enfrentarse a toda la estructura jerárquica y esperar las represalias luego, tener la ilusión de que no haya protección para la parte denunciada que en general, se trata de personal jerárquicamente por encima de los denunciantes.

Por ejemplo, el comité de Ética del TecNM hasta el 25 de mayo de 2026 estaba conformado por la Directora de Personal; Jesús Olayo Lortia que participa como integrante del Comité mientras ocupa la Dirección de Posgrado, Investigación e Innovación; y aún más, el Director de Administración del TecNM presidiendo dicho Comité de Ética. Posterior a esta fecha, en el nuevo comité se encuentran funcionarios del más alto nivel jerárquico entre los integrantes del renovado comité de ética.

Otro caso icónico es lo ocurrido en la UAM Iztapalapa, cuando una alumna que denunció por violación al profesor Julio César N y a dos alumnos. Para los comités de ética y autoridades de la universidad, la falta fue sólo por introducir bebidas alcohólicas, desestimando medidas de protección, perspectiva de género, acompañamiento en el proceso de denuncia y el que había una denuncia penal en curso. Con esta actuación las autoridades se coluden y encubren abiertamente a los perpetradores.

En estos casos como en muchos otros, las víctimas son citadas a comparecer, rendir declaraciones o proporcionar información respecto de hechos que ya son objeto de investigaciones ministeriales, judiciales,civiles, laborales o administrativas externas. Estas actuaciones de los comités de ética se desarrollan sin protocolos especializados, sin acompañamiento jurídico suficiente y sin perspectiva de género.

Todo esto significa para quien denuncia, entrar en un verdadero bucle, es decir, quienes controlan la estructura laboral, administrativa y disciplinaria son al mismo tiempo quienes exigen comparecencias carentes de legalidad procesal, tiene compromisos de pares con los denunciados, para discrecionalmente determinar qué asuntos merecen atención y regularmente a favor de la parte agresora.

Diversas víctimas han señalado que los procedimientos internos pueden reproducir dinámicas de revictimización, realizando procedimientos largos, con la exigencia reiterada de la narración de los hechos, sometimiento a interrogatorios realizados por funcionarios sin capacitación especializada o exponerlas ante personas vinculadas con las estructuras institucionales denunciadas.

De esta manera, mientras las instituciones de educación superior pretendan seguir investigándose a sí mismas en asuntos donde sus propios intereses, funcionarios o directivos pueden resultar comprometidos, persistirá un conflicto estructural imposible de resolver mediante simples reformas procedimentales internas. La justicia efectiva requiere distancia respecto del poder investigado.

En consecuencia, la construcción de espacios de educación superior efectivamente seguros, democráticos y respetuosos de los derechos humanos exige trasladar la investigación y determinación de responsabilidades hacia órganos externos capaces de garantizar imparcialidad, transparencia y rendición de cuentas.

Sirva este análisis como una exhorto a las personas docentes, administrativas, estudiantes, que consideren vulnerados sus derechos dentro de las instituciones de educación superior, den prioridad a la presentación de denuncias, quejas y acciones legales ante instancias externas e independientes desde el primer momento en que los hechos ocurran. La experiencia acumulada demuestra que los procedimientos internos, particularmente cuando involucran a directivos, funcionarios o personas vinculadas a las estructuras de poder institucional, no ofrecen las condiciones de independencia, imparcialidad y protección necesarias para garantizar una investigación objetiva.

Esta práctica permitirá obtener registros independientes y la intervención de organismos ajenos a las cadenas jerárquicas institucionales, que son los únicos que pueden proporcionar medidas de protección a las víctimas. De otra forma, los casos seguirán invisibilizados, fragmentados y absorbidos por procedimientos internos sin garantía de protección efectiva de las personas afectadas. Como consecuencia, seguirá dificultando la identificación de patrones sistemáticos de abuso, violencia institucional, discriminación, corrupción o encubrimiento y fortaleciendo las condiciones de impunidad que terminan reproduciéndose en las distintas instituciones del país.

Por ello, la denuncia ante fiscalías, organismos públicos de derechos humanos, tribunales, autoridades laborales, centros de justicia para las mujeres y demás instancias legalmente competentes no debe considerarse una medida complementaria ni extraordinaria, sino una acción que antecede a cualquier otra para garantizar la preservación de evidencia, la protección de las víctimas, la imparcialidad de las investigaciones y la rendición de cuentas de quienes ejercen poder institucional.

Cuando existen posibles violaciones a derechos humanos, violencia de género, abuso de autoridad, hostigamiento, corrupción o cualquier conducta que comprometa la integridad de las personas, la intervención de autoridades externas constituye no solo una garantía de imparcialidad, sino una condición indispensable para romper los ciclos de silencio, opacidad e impunidad que históricamente han permitido la reproducción de estas prácticas dentro de las instituciones educativas.

Dra. Virginia llescas Vela. Docente universitaria y defensora de derechos de mujeres universitarias, ganadora del primer lugar nacional del concurso de Ensayo “Por el derecho a la libertad de expresión de las mujeres y las niñas” otorgado por el Mecanismo de Protección Integral de Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas de la Ciudad de México (Ver en: en https://puedjs.unam.mx/revista_tlatelolco/calladita-no-me-veo-bonita-la-libertad-de-expresion-amordazada-por-el-patriarcado-en-las-universidades/)

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Estilo y practicidad: cómo los bolsos urbanos se volvieron parte de la vida cotidiana

29 Mayo 2026 at 15:54

Durante mucho tiempo, los bolsos y mochilas fueron considerados accesorios puramente funcionales. Su objetivo principal era transportar objetos personales de un lugar a otro sin demasiada preocupación por el diseño o la identidad visual. Sin embargo, el crecimiento de las ciudades, los cambios en las rutinas laborales y el auge de las tendencias urbanas transformaron completamente esa lógica. Hoy, los accesorios utilitarios forman parte de la manera en que las personas se mueven, trabajan y expresan su estilo personal.

Actualmente, elegir un bolso o mochila implica considerar mucho más que capacidad de almacenamiento. Materiales, ergonomía, resistencia, estética y versatilidad son factores cada vez más importantes para consumidores que necesitan productos preparados para acompañar jornadas largas y dinámicas cambiantes.

El auge del diseño escandinavo en los accesorios cotidianos

Uno de los movimientos más influyentes dentro del diseño de bolsos urbanos fue la expansión de la estética escandinava. Líneas simples, colores sólidos y estructuras minimalistas empezaron a ganar espacio frente a modelos más complejos o recargados visualmente.

El atractivo de esta tendencia está relacionado con una idea de practicidad elegante. Los consumidores buscan accesorios que resulten cómodos y funcionales, pero que también puedan integrarse fácilmente a distintos contextos sociales y laborales.

En este escenario, modelos inspirados en propuestas como Fjallraven Kanken se volvieron especialmente populares entre estudiantes, viajeros y profesionales jóvenes que priorizan simplicidad visual y durabilidad.

Funcionalidad pensada para rutinas urbanas

La vida cotidiana en grandes ciudades exige accesorios capaces de responder a múltiples necesidades. Muchas personas pasan buena parte del día trasladándose entre trabajo, estudio, reuniones y actividades personales, por lo que la mochila dejó de ser un simple contenedor para transformarse en una herramienta organizativa.

Los diseños actuales suelen incorporar compartimentos específicos para laptops, botellas reutilizables, cargadores y artículos personales. Además, el peso y la distribución interna se volvieron factores fundamentales para quienes utilizan estos accesorios durante varias horas consecutivas.

La ergonomía comenzó a tener un papel central dentro de la experiencia del usuario. Correas acolchadas, materiales ligeros y estructuras resistentes forman parte de una nueva generación de bolsos pensados para acompañar movimientos constantes.

El impacto de las redes sociales en las tendencias de diseño

Las redes sociales transformaron profundamente la forma en que ciertos accesorios se vuelven populares. Hoy, mochilas y bolsos forman parte de la construcción visual de estilos de vida asociados a viajes, estudio, productividad y movilidad urbana.

Muchos productos comenzaron a destacarse no solo por su utilidad, sino también por su presencia estética dentro de fotografías y contenido digital. Esto impulsó el crecimiento de modelos visualmente reconocibles que funcionan como parte de una identidad personal.

El fenómeno también ayudó a consolidar tendencias vinculadas a colores vibrantes, diseños minimalistas y accesorios inspirados en culturas urbanas internacionales.

Accesorios multifuncionales para nuevas generaciones

Otro cambio importante es que las nuevas generaciones buscan productos multifuncionales capaces de adaptarse rápidamente a distintos contextos. Una misma mochila puede utilizarse para asistir a clases, trabajar desde una cafetería, viajar o realizar actividades recreativas durante el fin de semana.

Esto impulsó la aparición de diseños mucho más versátiles, donde el tamaño, la resistencia y la practicidad son tan importantes como la apariencia visual. Las personas valoran cada vez más los accesorios que simplifican movimientos y permiten transportar objetos personales de manera organizada.

La funcionalidad silenciosa se convirtió en una de las características más valoradas dentro del mercado actual.

Materiales más resistentes y sustentables

La preocupación ambiental también empezó a influir sobre la industria de accesorios urbanos. Cada vez más consumidores observan no solo el diseño de una mochila, sino también los materiales utilizados y la durabilidad del producto.

Esto impulsó el desarrollo de telas recicladas, procesos de fabricación más responsables y diseños pensados para resistir el uso intensivo cotidiano. La lógica de reemplazar accesorios constantemente comenzó a perder atractivo frente a la búsqueda de productos más duraderos.

Los consumidores actuales prefieren invertir en artículos capaces de acompañar varios años de uso sin deteriorarse rápidamente. Esa tendencia favoreció el crecimiento de mochilas resistentes y atemporales.

El crecimiento del trabajo híbrido y la movilidad diaria

La expansión del trabajo híbrido transformó por completo la relación entre las personas y sus accesorios cotidianos. Actualmente, muchos profesionales trabajan desde distintos espacios durante la semana y necesitan trasladar equipos electrónicos constantemente.

Esto aumentó la demanda de mochilas preparadas para proteger laptops y dispositivos tecnológicos sin perder ligereza ni comodidad. Los bolsos urbanos comenzaron a funcionar como pequeñas estaciones móviles de trabajo capaces de adaptarse a oficinas, coworkings o cafeterías.

Además, la estética también se volvió importante. Los usuarios buscan accesorios que mantengan una apariencia limpia y profesional incluso fuera de ambientes laborales tradicionales.

Viajes urbanos y accesorios compactos

Las escapadas cortas y los viajes urbanos también impulsaron cambios importantes en el diseño de mochilas. Muchas personas prefieren accesorios compactos, ligeros y fáciles de transportar durante trayectos largos o recorridos turísticos dentro de grandes ciudades.

Esto favoreció el crecimiento de productos minimalistas capaces de combinar capacidad de almacenamiento con comodidad de movimiento. El consumidor actual prioriza accesorios prácticos que no resulten incómodos en aeropuertos, transporte público o caminatas extensas.

Dentro de este contexto, la estética funcional asociada a Fjallraven Kanken logró mantenerse vigente gracias a una combinación efectiva entre simplicidad visual y adaptabilidad cotidiana.

La relación entre moda y utilidad

Uno de los cambios más interesantes del mercado urbano es cómo desapareció la separación estricta entre accesorios funcionales y productos de moda. Actualmente, las mochilas ocupan un espacio intermedio donde diseño y utilidad se combinan constantemente.

Esto explica por qué muchos consumidores prestan tanta atención a colores, materiales y formas incluso en productos destinados a actividades cotidianas. Los accesorios dejaron de verse únicamente como objetos prácticos para convertirse también en parte de la identidad visual de cada persona.

La búsqueda de equilibrio entre comodidad, resistencia y estética seguirá marcando gran parte de las tendencias urbanas durante los próximos años.

 

El papel del comercio digital en las nuevas tendencias

El crecimiento de las plataformas digitales también transformó la forma en que las personas descubren y comparan accesorios urbanos. Hoy, los consumidores pueden revisar reseñas, observar fotografías detalladas y analizar características específicas antes de elegir un producto.

Esto elevó considerablemente las expectativas sobre calidad y diseño. Las marcas ya no compiten únicamente por precio; también deben ofrecer propuestas visualmente atractivas y funcionales para destacar dentro de un mercado saturado de opciones.

El acceso constante a tendencias internacionales aceleró además la popularidad de ciertos estilos minimalistas y diseños utilitarios que antes tardaban mucho más tiempo en llegar a distintos mercados.

Accesorios urbanos para una vida más dinámica

La evolución de mochilas y bolsos refleja cambios mucho más profundos en la manera en que las personas viven y se relacionan con las ciudades. Los accesorios cotidianos ya no responden únicamente a necesidades prácticas: también forman parte de hábitos laborales, dinámicas sociales y formas de expresión personal.

A medida que las rutinas urbanas continúen cambiando, los consumidores seguirán buscando productos capaces de combinar resistencia, comodidad y diseño adaptable. Las mochilas modernas representan justamente esa necesidad de movilidad constante y organización eficiente dentro de entornos cada vez más dinámicos.

Más allá de las tendencias específicas, algo parece mantenerse claro: los accesorios funcionales dejaron de ser simples objetos utilitarios para convertirse en parte esencial de la experiencia cotidiana contemporánea.

 

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La lucha por la universidad

Muchas veces se habla de la universidad pública como si fuera un espacio reservado al conocimiento, a la crítica y a la formación de ciudadanía. Y esa es su vocación más alta. Pero reducirla a esa imagen idealizada impide ver algo fundamental: la universidad también es un terreno de disputa. En ella no solo circulan ideas, saberes y proyectos académicos; también se disputan cargos, recursos, influencias, reglas del juego y formas de ejercer la autoridad. La pregunta importante no es si hay poder dentro de la universidad, sino bajo qué reglas funciona y a quién beneficia.

Ese punto es crucial para entender uno de los problemas más delicados de la educación superior en México: la distancia entre la autonomía universitaria como principio y la vida institucional realmente existente. La autonomía fue pensada para amparar a la universidad frente a injerencias indebidas, sobre todo del poder político. Pero si los controles internos son débiles, la deliberación colegiada se vacía y la rendición de cuentas se vuelve formal, esa misma autonomía puede ser utilizada como escudo por grupos que concentran decisiones, bloquean la crítica y administran la institución como patrimonio de facción. Entonces deja de ser garantía democrática y se convierte en zona de resguardo del poder.

En ese contexto, el patronazgo aparece como una de las claves para entender cómo se captura una institución sin desmontarla abiertamente. No se trata solo de casos puntuales de corrupción o abuso administrativo. Se trata de la construcción de redes de lealtad que, mediante nombramientos, ascensos, contratos, acceso a recursos y castigos selectivos, reproducen un orden interno favorable a ciertos grupos. El patronazgo no siempre acaba con las normas; con frecuencia convive con ellas. Conserva reglamentos, consejos y procedimientos, pero los vacía desde dentro hasta volverlos piezas de una maquinaria informal de control.

Eso hace más difícil identificar el problema. La captura universitaria no siempre adopta la forma del escándalo visible. A veces avanza de manera silenciosa, como una costumbre que normaliza lo inaceptable: promociones que dependen más de la fidelidad que del mérito, nombramientos decididos por cercanía y no por currículum, órganos colegiados que existen en teoría pero no deliberan en la práctica, comunidades que aprenden que disentir tiene un costo alto y presupuestos manejados sin suficiente transparencia. Cada hecho, por separado, puede parecer insuficiente. Pero cuando esas prácticas se encadenan producen algo más grave: una universidad que conserva la forma legal, pero pierde parte de su sustancia pública.

Por eso es imprescindible distinguir entre autonomía formal y autonomía real. Una universidad puede tener leyes, estatutos y discursos que la presentan como autónoma, y funcionar al mismo tiempo bajo presiones externas o arreglos internos que limitan su libertad efectiva. Puede defender con vehemencia su independencia respecto del gobierno mientras adentro reproduce mecanismos cerrados de decisión, opacidad y disciplina política. La paradoja es incómoda, pero hay que decirla con claridad: la defensa de la autonomía no debe servir para justificar la falta de controles democráticos. Una autonomía sin transparencia, sin pluralidad y sin rendición de cuentas corre el riesgo de convertirse en privilegio corporativo y no en garantía institucional.

La discusión por la universidad es también una discusión por el sentido de lo público. Cuando redes de poder colonizan una institución de educación superior, no solo atentan contra su gobernanza interna; también alteran su función social. La formación profesional se resiente, la carrera académica pierde credibilidad, la comunidad aprende a callar más que a debatir y la excelencia deja de ser el principal criterio de reconocimiento. En esa atmósfera, el mérito se vuelve sospechoso si no está acompañado de padrinazgo, y la crítica deja de ser práctica intelectual para convertirse en riesgo político.

Las trayectorias de captura no son idénticas. En algunos casos prevalece un arreglo faccional más negociado; en otros, una concentración más cerrada del control financiero, patrimonial o sancionatorio; en otros más, diseños centralizados con poca colegialidad y escasa renovación de liderazgos. Las formas cambian, pero el fondo suele ser parecido: la subordinación de la vida universitaria a lógicas de control que desplazan el interés institucional. Por eso esta discusión no puede quedarse solo en denunciar personas o coyunturas. Es necesario entender estructuras, incentivos y arreglos de poder que persisten incluso cuando cambian los nombres de quienes ocupan la cúspide.

La salida no pasa por destruir la universidad pública ni por desautorizarla. Al contrario: exige una defensa más rigurosa precisamente porque sigue siendo una de las instituciones más valiosas para la movilidad social, la producción de conocimiento y la vida democrática. Defenderla no es idealizarla. Es impedir que el mérito sea sustituido por la obediencia, que la crítica sea castigada y que la comunidad universitaria sea tratada como clientela o como aparato de legitimación. La universidad pública no se ampara con silencios cómodos, sino con reformas, vigilancia democrática y vida institucional abierta al escrutinio.

Ese camino requiere medidas concretas. No bastan los buenos discursos sobre ética universitaria. Hacen falta reglas anti-patronazgo, concursos abiertos reales, publicidad efectiva de decisiones, órganos colegiados con representación sustantiva, defensorías independientes, protección a denunciantes, vigilancia del ejercicio presupuestario y mecanismos que eviten la captura de plazas, contratos y trayectorias académicas. También hace falta reconstruir una cultura institucional en la que el disenso no sea penalizado y en la que la autoridad no confunda gobierno con control absoluto. Sin eso, cualquier reforma corre el riesgo de quedarse en simulación.

En el fondo, la lucha por la universidad es una lucha por el tipo de país que queremos. Si aceptamos universidades opacas, jerarquizadas por la lealtad y administradas como feudos, estaremos normalizando que incluso los espacios llamados a pensar críticamente funcionen bajo lógicas de subordinación. Si, por el contrario, defendemos universidades con autonomía real, mérito, transparencia y participación, estaremos defendiendo también una idea de vida pública en la que el poder tenga límites y el conocimiento no necesite pedir permiso para incomodar. La universidad tiene que seguir siendo un espacio de libre pensamiento, no un botín administrado; una comunidad crítica, no una red de obediencias; una institución pública, no una plaza tomada.

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El cargo La lucha por la universidad apareció primero en Tribuna de México.

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