Vista de Lectura

Olas de inseguridad

La percepción de inseguridad y las conductas delictivas (o antisociales) que se reportan con mayor frecuencia están estrechamente relacionadas. La experiencia directa de un delito, así como el conocimiento cercano de estos hechos, influye en la manera en que evaluamos nuestro entorno. Por ello, analizar únicamente los homicidios derivados de las pugnas entre grupos delictivos resulta insuficiente.

Es necesario incorporar los tipos de delitos que la población identifica como frecuentes y otras variables que influyen en su sensación de riesgo cotidiano. Solo así podremos construir una imagen más precisa y sustentada de la realidad que vivimos, más allá de narrativas catastrofistas que carecen de evidencia sólida.

Las olas de inseguridad de los últimos años pueden interpretarse como la convergencia de diversos factores de inseguridad. Cuando se acumulan delitos visibles (robos, consumo de alcohol en espacios públicos, presencia de drogas) junto con episodios de violencia de alto impacto, la percepción colectiva se intensifica. No se trata solo de contar delitos, sino de comprender cómo interactúan y se amplifican en la experiencia social.

La información que utilizamos proviene del Inegi, a través de la Encuesta Nacional de Seguridad Urbana y los registros sobre las conductas delictivas o antisociales. En una entrega anterior analizamos la percepción de inseguridad en los últimos años; ahora ampliamos esa discusión incluyendo estadísticas de conductas delictivas reportadas en nuestro estado desde el 2012 al 2025.

En Sinaloa, la percepción de inseguridad se concentra en tres conductas: consumo de alcohol en vía pública, robos y consumo de drogas. El consumo de alcohol ha mantenido un dominio histórico, con un crecimiento constante que lo llevó de un mínimo de 56.1 por ciento en 2012 a un máximo de 69.6 por ciento en 2022. Los robos y asaltos mostraron la escalada más pronunciada, con un aumento cercano al 65 por ciento en su incidencia percibida, pasando de 34.9 por ciento en 2012 a un pico de 58 por ciento en 2023.

El análisis estadístico de estas series de tiempo indica que el consumo de alcohol y los robos siguen un comportamiento que sube hasta un máximo y después baja, como la cresta de una colina. Tras alcanzar sus niveles más altos entre 2022 y 2023, ambas categorías muestran una curvatura descendente hacia 2025, bajando a 58.8 por ciento y 48.2 por ciento respectivamente. En contraste, el consumo de drogas, aunque más estable, alcanzó su punto más alto en 2023 con 38.8 por ciento, partiendo de un mínimo de 25.1 por ciento en 2016 y manteniendo una trayectoria más lineal y persistente en el tejido social.

Estos datos permiten entender que la percepción de inseguridad no se relaciona únicamente con los homicidios o con los eventos recientes asociados al narcotráfico. Existen delitos cotidianos que, aunque de menor gravedad en términos penales, tienen un impacto sostenido en la población encuestada.

Este primer acercamiento a los datos nos ofrece una perspectiva más amplia del efecto que tienen distintos tipos de delitos en la percepción de inseguridad. La relación entre ellos y la percepción es dinámica y requiere un análisis más profundo y cuidadoso. Sin embargo, ya es posible observar que no estamos frente a un fenómeno aislado, sino ante ciclos que se forman, alcanzan un punto máximo y eventualmente muestran señales de disminución.

Si bien no podemos negar que enfrentamos hechos de violencia que aún no cesan, los datos muestran una tendencia a la baja que no debe pasarse por alto. En medio de un entorno saturado de noticias alarmistas, que lejos de ayudar suelen intensificar nuestra percepción de inseguridad, la evidencia apunta a una posible inflexión.

Los registros de las conductas delictivas (o antisociales) sufridas reflejan una trayectoria descendente, lo que sugiere capacidad de adaptación y resiliencia social. Reconocer esta tendencia no implica minimizar los problemas, sino abrir espacio a una esperanza razonada. Reducir la preocupación excesiva puede ayudarnos a romper el círculo vicioso en el que una percepción desbordada alimenta mayor temor y ese temor, a su vez, amplifica la sensación de inseguridad.

Concluir que todo depende de un solo tipo de delito sería simplificar una realidad compleja.

Analizar los datos con mayor profundidad permitirá comprender mejor cómo hemos atravesado este periodo y qué factores pueden contribuir a superar esta etapa difícil para la región. Solo con evidencia y reflexión podremos transformar nuestra percepción de inseguridad para reconstruir la confianza colectiva.

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Evolución histórica de la percepción de inseguridad en Sinaloa

La percepción de inseguridad es un fenómeno que impacta nuestro desarrollo personal y social, que también refleja las complejas dinámicas sociales entre los actores al servicio del orden y de aquellos dedicados a las actividades criminales.

La percepción no depende únicamente de los hechos violentos, sino de cómo se narran, se comparten y se amplifican.

No se trata solamente de una cifra que aparece cada trimestre en un comunicado oficial, sino que moldea nuestra forma de habitar la ciudad, las horas en que salimos, las rutas que tomamos, las decisiones de inversión y hasta las conversaciones cotidianas.

La percepción de inseguridad (PI) de la Encuesta Nacional de Seguridad Urbana (ENSU) del Inegi es una medida que muchas veces se presenta como un dato aislado, pero que al ponerse en un contexto más amplio de tiempo nos puede dar información, así como una perspectiva más clara de nuestra respuesta a los entornos sociales.

Más que un punto específico, la PI es una serie de tiempo que revela patrones, colapsos y cambios de régimen que vale la pena analizar con detenimiento.

Con el fin de tener una proyección más clara de esta dinámica, vamos a presentar un análisis de la PI a lo largo de los últimos diez años. Los datos provienen de la ENSU del Inegi. Nos enfocamos en los municipios de Culiacán, Mazatlán y Los Mochis, contrastando sus trayectorias para entender si seguimos una tendencia compartida o atravesamos dinámicas propias.

Los resultados muestran diferencias importantes a lo largo del estado. Culiacán es el municipio con mayores cambios en el periodo observado. La estructura de su serie es compleja y no lineal, con cuatro fases claramente diferenciadas en el tiempo: un crecimiento de 2016 a 2017, una disminución gradual de la PI entre 2017 y 2023, un súbito aumento entre 2023 y 2024 y un periodo de estabilización entre 2025 y 2026.

La PI alcanza un mínimo en marzo de 2024 de 39.26 por ciento y registra un salto de más de 131 por ciento en poco más de un año, al pasar a 90.79 por ciento en junio de 2025.

En Mazatlán el comportamiento también es complejo dentro del mismo horizonte de diez años, con una estructura en fases similar a la de Culiacán, aunque de menor intensidad. Después de alcanzar 34.28 por ciento en junio de 2024, la percepción se elevó hasta 80.37 por ciento en diciembre, con un salto abrupto que ocurre un cuatrimestre después del observado en Culiacán.

La variabilidad en los últimos reportes del ENSU para Mazatlán es mayor que en Culiacán, lo que sugiere una mayor sensibilidad a eventos coyunturales o a factores externos que inciden en la percepción pública.

En Los Mochis, en cambio, la percepción muestra mayor estabilidad y una tendencia descendente sostenida desde hace algunos años. Se observa un decrecimiento lineal aproximado de 4.84 puntos porcentuales por año. Aunque existen oscilaciones, la trayectoria general es a la baja, lo que la coloca como el municipio con menor volatilidad relativa dentro del grupo analizado.

En términos de Nassim N. Taleb, estamos ante un Cisne Negro negativo, porque las estructuras no lineales de la PI en Culiacán obedecen a eventos inesperados, aleatorios y que, a la luz de los acontecimientos, pueden explicarse posteriormente, además de que nunca seremos capaces de predecirlos con precisión.

Reconocemos que, para evaluar nuestra capacidad de adaptación frente a episodios de violencia, es necesario complementar este análisis con datos sobre delitos presenciados por la población, victimización directa y denuncias formales. Solo así podremos contrastar percepción con incidencia.

Otros factores relevantes en el modelado de la PI involucran el efecto de las redes sociales, las noticias (falsas y verdaderas) que se propagan en nuestro entorno, así como lo que los medios masivos comunican. Estos elementos también moldean la percepción y debemos empezar a medir cuánto influyen en su comportamiento.

Finalmente, en municipios como Culiacán, donde la variabilidad ha sido mayor, comprender estas dinámicas es básico para saber dónde estamos y hacia dónde podemos llegar. Entender la serie de tiempo completa, no solo el último dato, nos permite dimensionar mejor la magnitud de los cambios y evitar conclusiones apresuradas.

La percepción de inseguridad es un termómetro social. No basta con observar la temperatura de hoy; necesitamos mirar la gráfica completa para comprender el clima que estamos viviendo. Solo con análisis sostenido y evidencia podremos diseñar estrategias que reduzcan los picos abruptos y fortalezcan la confianza colectiva.

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