Cuando explicar se vuelve trampa
Uno de los pilares de la comunicación es la explicación. Es dar información a la otra parte, para que entienda nuestra postura, nuestra perspectiva, lo que pensamos y sentimos. Es como una invitación. Invitamos al otro a ponerse en el lugar desde el cual nosotros vemos el mundo. Cuando alguien acepta esa invitación, cuando entiende nuestro punto de vista, nos sentimos conectados. Vistos. Reconocidos. Validados.
Pero para que eso suceda, tiene que haber en la otra parte un deseo de acudir a ese lugar. Tendemos a asumir que las personas importantes en nuestra vida tienen ese deseo. Por eso, cuando explicamos y el otro no nos entiende, hacemos lo mismo de siempre: damos más información. Ampliamos los ejemplos. Explicamos de otra manera, una y otra vez.
Pero hay un punto en el que hay que preguntarse algo cuando empezamos a sentirnos frustrados y no sea la primera vez que nos pasa con esa persona: ¿el problema es la explicación? ¿O el problema está en a quien se la damos?
Algo que a veces cuesta reconocer, es que no todos priorizan entender y conectar. Algunos tienen otros objetivos al comunicarse. Manipular. Controlar. Distorsionar. Defenderse. Invalidar. Atacar. Y entonces, nuestra explicación deja de ser el medio para darnos a entender, y se convierte en una trampa.
Entre más explicamos, más frustración sentimos con nosotros mismos, por no encontrar la explicación adecuada. Y damos más información… información que, tarde o temprano, distorsionada o sin contexto, usarán en nuestra contra. La otra parte ya nos entendió. Desde la primera vez. Pero no lo va a reconocer, porque tiene otras intenciones.
¿Cómo sabemos que esto está pasando?
Hay señales. La otra parte repite tus propias palabras, pero les da un sentido distinto al tuyo. Te voltea la tortilla, una y otra vez. Le dices que te molestó que te dejara esperando. Y te responde: “pues tú también me has dejado esperando”. O te dice que reaccionas así por tus traumas de abandono. Nunca vas a escuchar un “tienes razón”. Nunca un “yo en tu lugar sentiría lo mismo”. Nada que se parezca a validar tu punto de vista. En su lugar, puras evasiones. O puros ataques.
La sensación es la misma de estar hablando con una pared. Una pared que, además, usa tus propias palabras para golpearte. Es difícil aceptar que estamos ante alguien que no busca entendernos. Porque significa soltar la idea que tenemos de esa persona. La persona que queremos. Verla distinta. Nos aferramos a creer que conocemos sus intenciones. A creer que son buenas o que tienen potencial, por más que los hechos digan lo contrario.
Lo más difícil no es aceptar que te lastimó. Es renunciar a la esperanza de que algún día reaccione distinto. Una esperanza que te puede mantener años y años buscando explicaciones que por fin funcionen. Porque te niegas a aceptar que el problema no es la explicación. Es la persona a quien se la das. Cuando por fin entiendes esto, dejas de gastar horas pensando qué decir y cómo decirlo. Dejas de escribir mensajes larguísimos, buscando la frase perfecta para que no lo sienta como un ataque. Mensajes que, lo más seguro, ni siquiera lee. Porque no le interesa el contenido. Le interesa mantenerte explicando. Y explicando.
Su objetivo es generar en ti un sentimiento de falta. De impotencia. De incapacidad. De culpa. Son personas que se mueven bien en el conflicto. Cuando sueltas esa esperanza, ya no te interesa convencer. Entiendes que tu tranquilidad vale más que tener la razón.
Qué hacer
Esta dinámica está identificada desde varias disciplinas. Y todas coinciden en el mismo patrón de comunicación: negar, atacar, dar vuelta a la tortilla. La próxima vez que te descubras preguntando “¿cómo explico esto mejor?”, después de haber explicado ya varias veces, pregúntate otra cosa: “¿esta persona ha mostrado, con hechos, que quiere entenderme?”
Cuando la respuesta sea no, ahí no hay comunicación posible. La sugerencia es simple: no justifiques. No discutas. No te defiendas. Ni expliques más. Frente a alguien con quien es imposible dialogar, porque además se pone agresivo o a la defensiva, mejor una frase corta para cerrar: “no estoy de acuerdo, y no voy a seguir discutiendo esto”. Y de ahí en adelante, solo escuchar, no caer en las provocaciones y no discutir más.
Reduce la información que entregas. Si notas que lo que dices se usa en tu contra, deja de dar detalles. Deja los ejemplos. Deja las explicaciones extensas. Responde con lo mínimo necesario. Informa. No expliques.
Nombra el patrón una sola vez. Y suelta el resultado. Puedes decir, con claridad, lo que observas: “veo que cuando explico, lo usas después en mi contra”. No lo digas para convencer al otro. Dilo para dejar constancia contigo mismo de que lo viste con claridad. No necesitas que el otro lo confirme. Establécelo para ti. Y listo.
Busca validación en las personas que sí sean capaces de dártela. Y esto es importante aclararlo: no está mal buscar validación externa. Es parte de las estrategias que aprendemos para sentirnos a salvo en un vínculo. El problema es buscarla en la persona que nunca te la va a dar.
Si no tienes a alguien cercano, el ejercicio de escribir lo que sientes puede ser suficiente para experimentar la sensación de ser reconocido. Y ten presenta algo, hay personas con las que ganar, no significa lograr convencerlas, sino dejar de gastar tu paz y energía en ellas.
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